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¡Di que SÍ! El hábito de quejarnos frecuentemente

2015-06-22 | Artículos

¿Cuánto tiempo nos quejamos al cabo del día? La respuesta a esta pregunta, también es la explicación de muchos de nuestros estados emocionales dolorosos, de muchas de nuestras dificultades a la hora de aprender algo nuevo y de muchas de nuestros obstáculos para avanzar y dejar atrás dolores del pasado. La queja expresa lo que no queremos en nuestra vida. Es hablar de lo que está mal, de lo que no nos gusta, de lo que juzgamos, de lo que rechazamos o de lo que nos incomoda. Nos quejamos de la falta de tiempo, del calor, de nuestra pareja, del dinero, de nuestro trabajo, de nuestro coche, de nuestro cuerpo, de la familia... Y lo hacemos, sin ser consciente de ello la mayor parte del tiempo. Will Bowen, dice que “la queja se puede asemejar al mal aliento: la notamos cuando sale en la boca de otra persona, pero no cuando sale de la nuestra”.

Quejarse es hablar más de lo que no nos gusta que de lo que nos gusta. Nuestras creencias, nuestros valores y nuestros pensamientos crean nuestra realidad y mayoritariamente nuestra forma de sentir. Así, si valoro como positivo la lluvia y las tormentas, en los días lluviosos disfrutaré más que si mis pensamientos giran en torno a lo molesto que es la lluvia o lo incómodo que es mojarse. Con nuestros pensamientos estamos creando nuestra vida a cada instante. Así contra más nos quejamos, más tenderemos a quejarnos y más infelices seremos. La mente se vuelve experta en ver y analizar lo que falta, lo que no hay. Con cada queja nos entrenamos en encontrar detalles molestos, personas que nos incomodan, dificultades y obstáculos, impidiendo dar luz a la visión de las oportunidades o de lo que va bien.

Quejarse no es insano, el hábito de la queja sí. Quejarse de forma ocasional para sacar tensión interna puede favorecer un buen estado de ánimo. El hábito de quejarse frecuente nos hace más infelices, más torpes y menos centrados en lo que nos gusta de la vida.

La queja es un síntoma. Es un síntoma de que algo no va bien. Las personas con inseguridad profunda, con miedos altos, con un papel infantil en su edad adulta, con asuntos pendientes del pasado, con dificultad para sentir que son merecedores de la vida, con dificultad para permitirse disfrutar y sentir libertad en su interior; son los más propensos a la queja frecuente. Por tanto, la queja cumple una función en nosotros, no es gratuita. Es la forma más común y más socialmente aceptada para evitar coger nuestra responsabilidad en nuestra vida. Nos quejamos para:

No actuar y evitar el miedo que nos produce tomar la responsabilidad de tomar decisiones con sus consecuencias. Mientras nos entretenemos en quejarnos estamos inmovilizados. Echamos las culpas fuera, son los demás: mi hermano, mi pareja, mi padre, mi jefe, mi ciudad, la sociedad... los que hacen que vaya mal y que yo esté así.

Buscar aprobación, consuelo, compasión en los demás y así huir de nuestro sentimiento de soledad, de fracaso o de inferioridad al tener la atención de los demás.

Se nos escuche, para llamar la atención; evitando así pasar desapercibidos, estar en silencio y no ser el centro de atención. A veces nos cuesta asumir que no somos el protagonista.

Dar lástima y volver a un papel infantil, evitando así coger nuestro papel adulto que conlleva responsabilidad, toma de decisiones y las consecuencias de estas.

Para parecer fuertes, con poder, agresivos... evitando mostrar o dejarnos sentir nuestra parte vulnerable, nuestra dificultad o nuestro dolor más tierno.

Para seguir viviendo en mi “mundo de piruleta” donde fantaseo que las cosas, las personas y la sociedad actúan como yo pienso que debería ser, fomentando mi visión infantil del mundo; evitando salir de mi fantasía asumir la realidad tal como es..


Cómo ves, la queja cumple una importante función evitativa en cada uno de nosotros. Por ello, te propongo que durante hoy te escuches. Escucha el parloteo constante que tiene tu cabeza. Escúchate como un mero observador. No te juzgues por lo que oigas, o estarás entrando en el bucle de la queja nuevamente. Simplemente toma conciencia de las cosas que te dice tu mente, de los detalles a los que presta y no presta atención, de lo que dice en voz alta y de lo que oculta callando. Observa como tu mente actúa libremente parloteando sin fin sobre aquello que le rodea... ¿qué ves?, ¿de qué te das cuenta?. ¿Tu mente te apoya para que tengas un día más fácil, te anima para que veas lo mejor del día de hoy, te motiva para superar los retos, te premia por el camino que recorres cada día o actúa de forma opuesta?.

Prueba entonces a decir que ¡SÍ! Di sí: sí a lo feo, a lo incómodo, a la lluvia, al calor, al tráfico, al cuerpo, al trabajo, a los estudios, a la falta de tiempo, a los obstáculos, a los cambios, a la forma de vestir de las personas, ... di que SÍ a lo imperfecto, a lo incompleto, a la falta, al exceso, a tu familia, a la soledad, al dolor, a crecer... di SÍ, para aceptar la realidad, no para conformarte y no cambiar. Decimos sí como parte de la aceptación de lo que es, de lo real, de lo que hay... de la oportunidad de ver aquello que no solemos mirar. Decir SÍ es el primer paso, para estar más en paz y no perder energía en el bucle del hábito de la queja que no cambia nada. En lugar de problemas, háblate de oportunidades. En lugar de adversidad, háblate de retos. En lugar de personas que te atormentan, háblate de maestros que te permite aprender hacerte más fuerte ante la vida. En lugar de dolor, escucha qué te dice esa señal, ese síntoma. Y así, y sólo así, podrás dar el segundo paso, que es iniciar el camino a cambiar lo que sea posible.
 

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